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Entre líneas y titulares (3) Lecturas favoritas.

Lecturas favoritas.

 

Si uno ha tenido la suerte de que caigan en sus manos las obras apropiadas durante la niñez y la adolescencia, es un buen comienzo para convertirse en un lector voraz. 

Lo primero, novelas de aventuras: Emilio Salgari, Julio Verne, Jack London, el Ivanhoe de Sir Walter Scott… También las novelas melodramáticas de Charles Dickens, el Tom Sawyer y el Huckleberry Finn de Mark Twain…

Si uno tiene además la suerte de encontrar en la biblioteca de la casa a Papá Goriot de Émile Zola y la Guerra y la Paz de Tolstói, más disfrute. Y si se añaden el Demián de Hermann Hess, para regocijo de un lector adolescente, así como la Montaña Mágica de Thomas Mann (de la que mi viejo decía que según su criterio contenía la declaración de amor más grande de la literatura Universal) puede resultar maravilloso. Tener a disposición la biblioteca de la casa, una biblioteca más bien pequeña pero bien nutrida en calidad y un padre lector, no deja de ser un comienzo privilegiado.

Recuerdo que J. L. Borges llegó a afirmar: «Lo mejor que me pasó en la vida fue la biblioteca de mi padre». Me parecería un juicio exagerado en boca de otra persona que no sea Borges, sin embargo, ahora caigo en cuenta que tampoco para muchos de nosotros está alejado de la realidad.

Como algo parecido a la máxima «A Castilla y  Aragón Nuevo Mundo dió Colón», la literatura constituye todo un mundo que se va descubriendo a medida que uno avanza en las lecturas, en cada una de las lecturas, en cada línea que va recorriendo con mirada atenta.

Al cabo de los años me doy cuenta que además de una función recreativa, es decir, entretenida y placentera, y de aguzar nuestra sensibilidad como seres humanos, que no es poco, quizá también nos brinda la posibilidad de no ser fácilmente manipulables por las ideologías propias de embaucadores que tuvieron su auge a partir del s.XX. Ésto lo afirma alguien que no se considera ni particularmente inteligente ni particularmente ingenioso, pero que procede de un pedazo de tierra en una isla aislada donde se le rindió culto a la guanajería a manos llenas y de manera escandalosa en las últimas décadas, a base del monopolio de la información y una férrea censura.