Enrique Irigoyen in memoriam.
Cuando el cardenense Enrique Irigoyen hizo la solicitud para abandonar Cuba su país natal, en la década del 70, el «gobierno revolucionario» le impidió emigrar y, por si fuese poco, lo obligó a trabajar en la agricultura. Trabajaba encendiendo y apagando una turbina para regadío de cosechas, quizá en un cultivo de papas, creo recordar. Ahora pregunto: ¿y esto qué importa? Enrique Irigoyen era una persona decente, un profesor brillante y un cristiano ferviente. Graduado en la universidad de La Habana como Doctor en Ciencias Fisicomatemáticas antes de 1959.
Además de a trabajar en el campo, fue inhabilitado por el régimen para ejercer como profesor. Quizás no necesitaban de personas capacitadas, quizás no necesitaban de mentes brillantes. Esto de prescindir de hombres como él quedaría luego más en evidencia por el desfile interminable de personajes y personajillos incapaces e ineptos en todos los ámbitos de la vida social, sobre todo entre los miembros del gobierno desde el llamado «máximo líder» hasta el ser más desdeñable.
Recuerdo que Enrique tomaba prestados libros de literatura general de la biblioteca de mi padre, para leerlos en las tediosas horas junto a la turbina de regadío en el campo. Sin duda, era una manera de entretenerse dándose un baño de espiritualidad, una buena manera de contrarrestar el castigo al que lo sometían por expresar su decisión de abandonar el país.
Enrique Irigoyen era un cristiano ferviente, de los de ir asiduamente a la iglesia, como su esposa. Tuvo tres hijos: dos varones y una niña.
Uno de sus hijos murió siendo niño mientras montaba bicicleta, en un accidente con un auto. Años después su hija murió en otro accidente automovilístico, siendo adolescente. Le quedó el hijo mayor y nietos. Enrique nunca pudo emigrar de Cuba. Sin embargo, muchos años después vemos que lo hacen muchísimos cómplices del régimen, por lo que le escuché decir a un cubano que tiene a su hijo preso por lo del 11 de julio de 2021: Los cubanos escapan de Cuba, estas ratas huyen. Es buena la distinción, para que las cosas queden claras. También se sabe desde antaño que son las ratas las primeras en abandonar el barco cuando es inminente el hundimiento del barco.
El caso de Enrique es el de una existencia humana que hace pensar, con plena convicción: No todas las personas tienen la suerte que se merecen, lo cual implica mucha injusticia. En cambio, con la misma convicción y al ver el destrozo en que han convertido a Cuba, debido a injusticias como la cometida contra Enrique Yrigoyen y otras experiencias tan terribles o mucho más terribles, digo: los pueblos sí tienen la suerte que merecen. Nada más hay que observar la triste y trágica realidad cubana a éstas alturas del siglo XXI, luego de más de 60 años de infamia.
