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Entre líneas y titulares (6) Raimundo Muñiz in memoriam.

Raimundo Muñiz in memoriam.

Recuerdo al Raimundo Muñiz de mediados de los años 70 en Cuba. Lo conocí a través de mi padre. Muñiz comenzó a dar clases de matemáticas a domicilio y mi padre había retomado los estudios en la escuela nocturna después de abandonarlos en la adolescencia.Muñiz era profesor de matemáticas. Nunca obtuvo un título de graduado, pero, era el mejor profesor de matemáticas del mundo del nivel de Segunda Enseñanza. Las matemáticas eran su vocación y su pasión. Vivía una larga soltería cuyo lugar primordial lo ocupaba el dar clases.
Lo habían criado la madre y una tía con las cuales vivió casi toda su vida hasta quedar solo. Recuerdo haber ido a visitarlo por algún motivo y supe que vivía en una modesta casa de madera que tenía la característica de poseer unos empinados escalones en semicírculo para llegar a la puerta. Ésos tres escalones semicirculares y empinados parecían la réplica en miniatura de la escalinata de una catedral.
Cuando Muñiz comenzó a darle clases al viejo, él no tenía trabajo no tenía trabajo «oficial», pues, lo habían expulsado del Ministerio de Educación. Fue en el tiempo de la «ofensiva revolucionaria» durante la cual eran expulsados de las esferas de educación y la cultura, entre otras cosas, a quienes eran señalados como homosexuales. A propósito, se contaba que la mismísima directora del Ballet Nacional de Cuba se opuso de manera terminante, alegando: «Si acepto esa medida, se acaba el Ballet Nacional de Cuba». Pero, esto no pasa de ser una anécdota. Lo que considero más importante es la repercusión que tuvo tal medida llamada «revolucionaria» en la vida personal de quienes la sufrieron de manera directa, o sea, las víctimas y sus familiares. Es en este punto que converge en mi conocimiento la existencia de Raimundo Muñiz.
Era un hombre extremadamente delgado, y de hablar suave y cadencioso que se dice afeminado. Deduzco que adoptó esas maneras por ser hijo único, quizás enfermizo, y haber sido criado por dos mujeres amorosas, sin otro hombre en casa. De nada valió su conducta intachable para los cánones de una sociedad homofóbica, que incluso dictaba leyes irracionales en ése sentido, como la que provocó que perdiera su trabajo.
Mi viejo resultó ser un buen alumno y se graduó años más tarde del Instituto Superior Pedagógico de Matemáticas, y fue también un excelente profesor. Esto último me consta por testimonio directo de algunos de sus alumnos con quienes tuve la oportunidad de conversar tiempo después, y porque a mí me repasaba las matemáticas en época de exámenes.  Recuerdo que el viejo me despertaba el fin de semana en la mañana y me esperaba en la mesa del comedor con los materiales de estudio dispuestos sobre la mesa. Yo iba a su encuentro de mala gana, con los ojos legañosos de sueño y despeinado. Entonces, el viejo me decía, «lávate, lávate la cara y péinate, péinate para que se te ordenen las ideas». Aunque yo obedecía a regañadientes, reconozco que  mi viejo también fue buen profesor.
Volviendo a Muñiz, lo dejé de ver durante años y al cabo de esos años supe con alegría que le habían permitido reincorporarse a las tareas de profesor de manera oficial. Incluso me enteré también de que estuvo noviando con una de sus compañeras de trabajo, aunque no llegó a casarse.
Por último, la última vez que tuve noticia de él fue que lo habían encontrado muerto en su casa inclinado sobre una mesa, solo, en lo que fue calificado como un suicidio.