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Entre líneas y titulares (13). Mi abuelo adoptado por los chinos.

Mi abuelo adoptado por los chinos.

En Cuba, como en muchos otros países, hubo una importante corriente migratoria desde China que comenzó en 1847, sobre todo atraídos por la pujanza de la industria azucarera.

A mí me tocó ése aspecto de la emigración china desde dos puntos de referencia cercanos a mis afectos. Uno desde mi escritor favorito de la adolescencia y uno de mis escritores favoritos por siempre: José María Eça de Queiroz, y otro desde mi abuelo paterno Joaquín Varona.

Los inmigrantes chinos se diseminaron por toda la isla y fueron invirtiendo sobre todo en bodegas (tiendas de comestibles) en ciudades y los pueblos de campo.

Mi abuelo por parte de padre era natural de Manguito, un pequeño pueblo de la provincia de Matanzas y trabajaba como contador. Llevaba la contabilidad de las bodegas de la zona (Manguito, Calimete, Amarillas…) él solo y a punta de lápiz. Muchas de esas bodegas pertenecían a comerciantes chinos. 

El abuelo era aficionado a las peleas de gallo y tenía su propia cría de gallos «finos» en el patio del fondo de la casa. Los criaba en filas de jaulas que abarcaban la pared perimetral del patio por sus tres costados.

El abuelo mediante su relación con esos comerciantes chinos aprendió a jugar Mahjong, una variante china de dominó y se aficionó también a ése juego. Se jugaba por apuestas, como en cualquier otro juego de mesa, como el propio dominó, las cartas o el cubilete.

Llegó el punto en que el abuelo llegó a no tener rival en la zona. Nadie lo superaba jugando al Mahjong. Entonces ocurrió algo insólito. La comunidad china de la zona, y en especial los jugadores de Mahjong, se pusieron de acuerdo para buscarle un rival que lo pudiese batir. La iniciativa consistió en enfrentarlo a uno muy afamado de origen chino que residía en La Habana en ésos años de la década de 1940. Hicieron las gestiones pertinentes y le pagaron al hombre el pasaje desde La Habana hasta Manguito en viaje de ida y vuelta. Como era lógico, subieron la parada en las apuestas como si se tratase de una pelea de gallos.

El largo duelo concluyó cuando el señor chino traído desde La Habana sentenció ante la mirada expectante de sus coterráneos chinos: «A éste hombre no hay quien le gane».

Tiempo después abuelo murió en su cama a los 52 años de edad de un infarto cardíaco.

El velatorio se celebró en Manguito, y era tanta la concurrencia de ciudadanos de origen chino que, en lugar de un cubano hijo del Coronel mambí de la Guerra de Independencia Francisco Varona, parecía que el fallecido era un ciudadano chino. Tal fue la muestra de gratitud de los comerciantes chinos de toda la zona a quienes él siempre llevó la contabilidad de los negocios.

El otro punto cercano a mis afectos que tuvo una relación importante con los ciudadanos chinos en Cuba fue, como digo, el escritor favorito de mi adolescencia y uno de mis escritores favoritos en general, el portugués Eça de Queiroz. Lo de Eça de Queiroz me lo comentó mi padre hace muchos años al saber de mi predilección por el escritor y que luego me di la tarea de indagar.

Entonces supe que Eça de Queiroz fue cónsul de Portugal en La Habana desde1872 a 1874. Durante ese corto período de tiempo su sensibilidad humana lo impulsó a abogar por la supresión de las onerosas condiciones de trabajo de los coolies, los trabajadores chinos, en su mayoría procedentes de Macao, la colonia portuguesa en China, valiéndose de sus prerrogativas consulares.

Dos personas cuyos destinos confluyeron en mi vida por caminos muy distintos y que sin embargo tuvieron en común algo muy especial. Por una parte, mi escritor favorito abogando por un trato humano para los inmigrantes chinos en la Cuba del s. XIX, y por la otra mi abuelo paterno cuyo trato hacia ellos llegó a granjearle el afecto de esos inmigrantes de manera que lo adoptaron como uno más entre ellos.