La casita de Vargas Llosa.
Uno, a la vista de tantas evidencias de corrupción en Cuba a lo largo de los años, de tanta desfachatez en la corrupción con dichos y acciones a lo largo de tantos años, va rememorando anécdotas que ponen aún más en evidencia algo que sobrepasa con mucho los límites de la indignación y la rabia. Da asco.
Recuerdo que la ruptura de Mario Vargas Llosa con el régimen cubano (ya en la década de los años 60) tuvo uno de sus puntos críticos a raiz del «caso Padilla» y ahora recuerdo otro aspecto puntual expuesto por los mismos personeros del régimen , algo que le arrostraron al darse cuenta que en la relación con el escritor peruano no había punto de retorno, y fue confesar ellos (los directivos de La Casa de las Américas incluidos) que anteriormente le habían exigido a Mario que donara «para las guerrillas de latinoamérica» el dinero que había ganado en ocasión de lograr el Premio de Novela Rómulo Gallegos y que el escritor había preferido comprar una casa para él y su familia con el dinero del premio.
Los hechos históricos, la realidad inapelable, han tenido ya la última palabra en éste caso como en muchos otros, como en todos los casos similares.
Observando la tamaña desvergüenza de gran cantidad de ésos trompeteros de «la solidaridad», «la igualdad social», «el bienestar de los pueblos» y todos los cantos de sirena exclusivos para guanajos, encubiertos o a cara descubierta han sido partícipes o cómplices en el saqueo de las riquezas materiales de Cuba (incluido la apropiación a su antojo de las residencias de las personas que marcharon al exilio). En este punto es inevitable hablar de una desvergüenza a prueba de balas.
Por éso el título de ésta reseña incluye la palabra «casita», porque cabe señalar y estoy seguro que la casa que Vargas Llosa compró con el dinero bien habido por su talento y esfuerzo, es muy modesta en comparación con las lujosas residencias de las cuales se apropiaron algunos de los personeros del régimen que tanto y con tanta saña lo vituperaron. Y todo por Mario no querer ser como ellos, tipos mediocres y despreciables.
Tengo un recuerdo de él imborrable. Fue en Buenos Aires, Argentina. A raíz del lanzamiento de un nuevo libro suyo. En una afamada librería de Buenos Aires hice la fila para que autografiara mi ejemplar. Entonces intercambiamos unas pocas palabras. Le conté que había leído la mayor parte de sus obras, mediante amistades de Colombia que se las llevaban a mi padre a Cuba, introduciéndolas de manera clandestina. Cuando yo me alejaba evitando detener la fila, me dijo: «Esperemos que termine la pesadilla. Y que sea prontito…»
Eso ocurrió promediando la década de los 90. Mario Vargas Llosa murió recientemente, y fue testigo del descalabro total del régimen de la isla en tanto la pesadilla continúa.
